Tanto si es el primero como si ya tiene hermanitos al llegar, el acompañar a nuestro hijo en su proceso de desarrollo supone importantes desafíos.

Cualquier madre o padre puede recitar de carrerilla las dificultades con las que un primerizo va a enfrentarse, sobre todo en lo que tiene que ver con su educación (tanto en un centro infantil como en casa) e intentamos hacer todo lo posible por resignarnos a ellas, arremangándonos y poniéndonos manos a la obra para superar los problemas que pueda tener o que nos pueda dar.

Pero en contadísimas ocasiones escucho a los padres hablar de oportunidades.

Un monje buddhista que fue uno de mis maestros me contó en una ocasión que, cuando él estudiaba en la India bajo la atenta supervisión de una monja, esta tenía que soportar su terrible comportamiento de niño.

Recordaba que, en una ocasión, esta maestra le dijo “muchas gracias, Tom, por ser mi maestro de paciencia”.

Él, como niño, apenas llegó a pensar “¡qué guay, soy el maestro de la maestra!”

Solo con el tiempo se dio cuenta de que la maestra/monja estaba hablando cargada de ironía y que lo que expresaba, entre líneas, era algo así como “Tom siempre pone mi paciencia a prueba”.

Pero detengámonos en su primera frase: “muchas gracias, Tom, por ser mi maestro de paciencia”.

Rara vez nos encontramos con maestros en el sentido estricto de la palabra que nos enseñen cosas importantes en todo momento. Nos limitamos a aprender de los que hemos tenido de pequeños y, depués, pasamos a improvisar en el mundo real y a intentar aprender de la experiencia del día a día.

Pues es en este día a día donde surge la oportunidad.

Nuestro hijo, nuestra hija, supone un montón de dificultades, por supuesto, pero también, si somos capaces de mantenernos enfocados, un aprendizaje tremendo y una puesta a punto de nuestras habilidades más profundas.

Pienso, por ejemplo, en lo mucho que puede aprender un padre o una madre sobre paciencia gracias a las rabietas de su hijo, en la refrescante nueva visión que, sobre los problemas adultos, puede aportar un niño, en el informal “título de enfermería” que todo padre acaba obteniendo gracias a los accidentes o las enfermedades del pequeño, en las millones de veces que un padre o una madre tienen que reaprender a respirar profundamente antes de enfadarse o en todas aquellas ocasiones en las que tenemos que aprender a reconducir este enfado una vez no hemos podido reprimir el poner el grito en el cielo.

Descubrir pequeños aprendizajes diarios en la relación con nuestros hijos, en la relación con las maestras y maestros de educación infantil, en las visitas al pediatra, en las noches en vela o en las dificultades de atención o con la comida es una labor dura pero también tremendamente recompensante.

Recompensante, claro está, si somos capaces de mantener nuestra conciencia en el “aquí y ahora”, si vamos practicando el retornar a nuestra ancla y desarrollando nuestra capacidad (paciencia, reflexión, atención, capacidad de descanso, memoria) en el día a día.

Por todo esto, en holmenkollen –pedagogía infantil- ofrecemos nuestro programa de Conciencia plena para padres y madres. Para aprender a aprender, cada minuto, gracias a los retos que nos propone nuestro hijo o nuestra hija.

Nuestros “maestros de paciencia”.