En días como el de hoy, en el que se nos llena la boca hablando de paz y
hacemos peticiones abstractas para el resto del año, como si fuésemos
participantes de concurso de belleza, déjenme que aproveche para rendir
mi más sincero homenaje a los que, a diario, trabajan con y por la paz.

Puede
que sea la paz con minúsculas, la alejada de los grandes gestos y las
grandes declaraciones, pero tenemos claro que de esta paz surge aquella
PAZ, esa con mayúsculas que hoy riega las redes sociales.

Alzo mi copa por las maestras que, entre el grito y la calma, eligen esta última.
También
por las directoras que confían en la máxima de que un equipo que
trabaja contento y en paz es un equipo que rinde más y que ofrece un servicio de
mayor calidad.
También por las pediatras que explican, que tranquilizan, que hablan claro y que pacifican.
No
puedo olvidarme, tampoco, de los padres y madres que tienen la casa
llena de pequeños y que, pudiendo dejarse llevar por la catástrofe y
entrar en la espiral del castigo y el berrido, dan un paso atrás,
respiran y se recomponen desde la paz de su propia respiración.
Brindo
por aquellas familias que tienen un solo hijo y que hacen de la
maternidad o la paternidad un proyecto de construcción, empeñados en
generar mejores personas, más pacientes, más pacíficas, más empáticas y
más felices.
Tengo que recordar a las familias que se informan, que
me mandan correos preguntando sus dudas, que asisten a nuestros
talleres, que consideran que tener hijos y educarlos por la paz es una labor
constante y participan en nuestra visión de que el aprendizaje es mutuo:
ellos aprenden de nosotros, nosotros aprendemos de ellos.
Me
gustaría recordar también a los tíos, tías, abuelos y abuelas que
colaboran a la paz diaria en casa. Esos que apoyan las decisiones de los
padres y aconsejan enseñando, es decir, dejando que se equivoquen, que
tomen sus propias decisiones y trabajando con sus hijos y hermanos, codo con codo,
por los nietos y los sobrinos.
También por esos vecinos que, padres o
no, forman la comunidad donde se crían nuestros hijos y les enseñan,
sobre todo con su ejemplo, valores como la paz y el apoyo mutuo.
Y
por los profesionales de atención temprana y cualquier servicio médico
que ven en un niño algo más que un paciente, que comprenden que el
proyecto de pacificación del mundo empieza en sus consultas y que no se
trata solo de aliviar el sufrimiento, sino de construir, construir,
construir y observar, satisfechos, el fruto del trabajo bien hecho.

Y, finalmente, por
los niños y niñas que llenan nuestros días. Los que nos rodean y nos dan
alegrías y disgustos. Los que nos enseñan que la paz la traemos de
serie y que es interesante no perderla, regarla bien, hacer que florezca
cuando seamos también mayores.
Y por los niños que fuimos nosotros
mismos. Por que no se nos olvide que estamos en paz y generamos paz
cuando doblamos las rodillas para ponernos a la altura de los niños,
jugar con ellos y sintonizar con quienes somos realmente.

Feliz día de la gran PAZ hoy a todos. Feliz día de la pequeña paz hoy, y mañana, y pasado…

Juan Pablo Erencia.
-psicólogo-